El salón de las luciernagas rojas

TRABAJO Y VIDA COTIDIANA EN EL DEPARTAMENTO DE TRAFICO,

 

el caso de las telefonistas (1900-1930).

El presente trabajo, está dedicado a todas las Operadoras, como un reconocimiento a que con su esfuerzo y dedicación, hicieron posible el desarrollo de la industria telefónica en México, a pesar de las condiciones extremadamente díficiles que les imponían, para realizar su trabajo, sus explotadores extranjeros, soportando valientemente no solo la dura disciplina en sus lugares de trabajo, sino también su poco salario, recibiendo como único reconocimiento, enfermedades de carácter irreversible, que no solo afectaban su salud, sino también su capacidad para disfrutar de la vida.

Sin embargo, gracias a su enorme capacidad combativa, y concientes de que sólo a través de la unidad y la organización serían capaces de modificar sus condiciones de vida y de trabajo, iniciaron un largo periódo de luchas, donde las telefonistas plantearon y defendieron demandas que les permitieran en primer lugar, asegurar su trabajo, y en segundo, luchar por los servicios médicos que les permitieran mantener una vida laboral activa.

De esta manera, es importante señalar que en la actualidad y en los albores del Siglo XXI, la situación de las mujeres trabajadoras en Teléfonos de México, es muy diferente a la que padecieron sus compañeras en los inicios del presente siglo, por lo que como reconocimiento a esa enorme capacidad de lucha, en 1978 y después de una huelga, lograron la aceptación por parte de TelMex, de un Convenio de Tráfico, donde quedaron reglamentadas las condiciones de trabajo y salud en que deberían ejecutar su trabajo.

La introducción de la energía eléctrica en nuestro país, hizo posible que el proceso de industrialización en México se acelerara, ya que éste se constituyó en un elemento fundamental para la economía y estratégico para el desarrollo nacional, además de que permitió el desarrollo de las comunicaciones eléctricas, haciendo posible que se realizaran el 13 de marzo de 1878, las primeras pruebas para determinar si era factible instalar una red telefónica en la Ciudad de México, el resultado hizo posible que se escucharan; “las palabras con tal perfección, que hasta el metal de la voz (sic) de cada una de aquellas se distinguiera perfectamente” .1

El éxito de estas pruebas permitió que en la Cd. de México fuera instalada la primera red telefónica con un costo de 8 800 pesos, por lo que cuatro años más tarde, dieron principio las operaciones de la Compañía Telefónica Mexicana.

En forma paulatina, el servicio fue ampliandose y mejorando, situación que obligó a la Telefónica Mexicana a contratar personal para que manejara la intercomunicación entre los usuarios del servicio, de esta forma los primeros operadores de los conmutadores telefónicos fueron -como en Estados Unidos- adolescentes, por lo que en opinión de los propietarios de la Telefónica; “el servicio de la Central de Monterrey es el mejor de la Compañía; [pues] todos los operadores que son muchachos, son muy rápidos y expertos”.2

Para 1894 el desarrollo industrial del país continuaba en forma ascendente y con él, aumentó el número de solicitudes para hacer uso del servicio telefónico, ya que había dejado de ser un simple juguete o un artículo de lujo, por lo que para éste año, el servicio era proporcionado por 22 operadoras, distribuidas de la siguiente manera: Tacubaya, 1; Guadalajara, 3; Puebla, 2; Oaxaca, 2; Mérida, 2; Guanajuato, 1; San Luis Potosí, 1; Monterrey, 5; Saltillo,1; Progreso, 1 y León,1. Algúnas de las operadoras ya hablaban inglés para atender a los hombres de negocios extranjeros que requerían hacer uso del servicio telefónico.

Para 1903, la eficiencia y dedicación de las operadoras se puso de manifiesto cuando el número de llamadas en la Cd. de México creció considerablemente, por lo que el aumento de tráfico no fue compensado con el aumento de personal. Además de que las operadoras tuvieron que hacer frente a las constantes innovaciones técnicas de la época, pues con la introducción de la “Energía Central” y cuando la numeración telefónica se descifraba mediante cuatro números, se les sumaron las palabras negro, rojo, oro y verde; “que el público ha de mencionar a la operadora para que ésta actue en determinada forma y conecte correctamente. Sí el número posee los cuatro colores, es que existen cuatro abonados en una misma línea; cuando tiene dos, los aparatos en la línea son solo dos. Los colores rojo y negro son los predominantes y más perdurables”.3

La fuerte competencia entre las diferentes compañías telefónicas que existían en nuestro país por atraer un mayor número de clientes, hizo que para 1905 el Gobierno de Porfirio Díaz decidiera otorgar nuevas concesiones para explotar el servicio telefónico en la Cd. de México, por lo que la Secretaria de Comunicaciones y Obras Públicas autorizó a la Compañía Telefónica Mexicana a cambiar su razón social por el de Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana para que continúara operando en el Distrito Federal.

Al mismo tiempo, José Sintzensttater hizo traspaso de su concesión a Alex Boström, quién denominó a su empresa como Compañía Mexikanskaya Telephonaktieleget Ericsson, que más tarde sería autorizada a cambiar su nombre por el de Compañía de Teléfonos Ericsson S.A., iniciando sus operaciones en 1907 con 48 operadoras, y con Dolores Aguirre -quién había ingresado a la Ericsson en 1905 a los 13 años de edad- como Directora del Departamento de Tráfico.

Nuevas innovaciones técnicas cambiaron la rutina de las operadoras, ya que para 1910 los teléfonos de dos circuitos habían demostrado ser menos eficientes que los directos, de abonado único, por lo que los rojos y negros fueron desapareciendo paulatinamente. La nueva variante consistió en agregar el nombre de la Central a la que cada línea pertenecia; “el solicitante lo pide así a la operadora”, Neri, 0101 ó Juárez, 0221.

El rápido crecimiento de la demanda del servicio hizo posible que en tan solo siete años, el número de las operadoras aumentara, por lo que para 1914, 158 operadoras atendían los conmutadores de la Ericsson.

Los reglamentos que debían observar las operadoras dentro de las centrales telefónicas eran muy severos. En 1913, en la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana las telefonistas estaban obligadas a vestir blusa blanca y falda negra y a no mostrar; “ni la milésima parte del tobillo”.

Además, la conducta que estaban obligadas a mantener dentro y fuera de las instalaciones telefónicas podría decirse que eran muy exageradas, ya que en una calle a la redonda de donde se encontraban los edificios de la Compañía Telefónica, las operadoras no podían acercarse con el novio o cualquier otra persona del sexo masculino, el no respetar esta norma, significaba el despido seguro.

Los horarios eran también muy rigurosos, el retraso de cinco minutos en la entrada, equivalía a perder medio día de sueldo. Se daban quince minutos de descanso para cada turno, pero sin salir de la sala de descanso y mucho menos a la calle, el no respetar esta regla, significaba también, perder el empleo.

Las guardias de los domingos se pagaba descansando el siguiente domingo; las vacaciones eran de siete días pero sin tomar en cuenta la antigüedad de la operadora, la hora extra se pagaba a 25 centavos, pero se buscaba siempre a la telefonista que ganara menos, es decir, a las más nuevas, para que a la Compañía le resultara mas barato.

Desobedecer o contestarle mal a la Directora o a las Vigilantes significaba también, el despido inmediato.

En los edificios de la Compañía, se colocaban letreros por todas partes para exhortar a todos los trabajadores en el cumplimiento de su deber:

“Apáguese la luz, cuando no sea necesaria”;

“¿Avizó Ud. a su jefe inmediato de los des-

perfectos de las líneas?”;

“¿Que ha hecho Ud. hoy para mejorar el

servicio?”.

Y para el cumplimiento de estas ordenes y recomendaciones estaban las Directoras y las Vigilantes, siempre dispuestas para castigar a las infractoras.

Aquí algúnos de los nombres de aquellas buenas y abnegadas operadoras:

“Central Neri; Directora, Clorinda Carrera; Subdirectora, Amalia Váldez; Vigilantes, María del Frago, Luz Cabrera, Guadalupe Robles, Beatriz López Guerrero; Directorio, Esther Flores; Operadoras, Clara Trejo, María Hernández, Lucina Cueto, Lola y Lupe Farías, Felipa Munguía, Felipa López, Beatriz Langray, Loreto Avila, Lina Haupt (que llegaría a convertirse en Directora de Tráfico), Luz Martínez, Josefina Valladares, Luz Garduño, Emilia Vargas, Clementina López, Luz Alvarado, María de Jesús Sánchez, Elena Carrasco, Lupe Sánchez, Lola y Cuca Cabadas.

Central Juárez; Directora, Josefina Mercado; Subdirectora, Fernanda Urzuen; Vigilantes, Isabel Velázquez y Clara Martínez; Operadoras; Lupe Trejo, Lola Chávez, Enriqueta Suárez y otras”.

Para 1921 las condiciones de trabajo de las operadoras de la Compañía de Teléfonos Ericsson no eran muy diferentes a las de la Compañía Telefónica, hablar de la vida de las telefonistas en el conmutador era; “referirse a sus sufrimientos físicos, como aquel que les produce el incesante cabrileo de mil y tantos foquitos rojos, el uso de ese aparato de mártirio, colocado sobre sus cabezas; sus disgustos y penas con los suscriptores y sus jefes,

su poco sueldo y mucho trabajo”.4

La central telefónica, instalada en la calle de Victoria número 53, era un inmenso salón en forma de herradura, alrededor de éste se encontraban las mesas y sobre ellas, enormes tableros; “con infinidad de agujeritos que hacen la impresión de un panal, de ese cuerpo esponjoso de númerosas cavidades, donde las abejas depositan su miel; (…) semeja un monstruoso cerebro con celdillas al descubierto”.5

En la Central Telefónica de Victoria, existían 82 mesas de conexiones, atendida cada una de ellas por dos operadoras, lo que hacia un total de ciento sesenta y cuatro telefonistas.

Dentro de los tableros, en cuadros más pequeños, miles de lámparas rojas; “hacían la ilusión de númerosas luciernagas color sangre”, que se encendían y se apagaban, la que en un instante alumbraba, en otro se extinguía, para volver a encenderse en otro tablero del conmutador.

Guadalupe Ochoa y Dolores Cervantes, Directoras del Departamento de Tráfico al describir el proceso mediante el cual se hacia la conexión entre los suscriptores señalaban; “Estos cuadros donde se encienden y se apagan los foquitos, es el conmutador ‘local’, cada señorita tiene a su cargo 200 suscriptores, hay algúnas que solo atienden a 180 ó a 150, y son las que más trabajan; cuando un suscriptor ‘llama’, se enciende uno de esos foquillos y la señorita coloca uno de los contactos en ese número y el otro (contacto) en el ‘múltiple’ (…), ésto que tiene tantos agujeritos, correspondientes del uno al mil; existen 11 600 suscriptores”.6

La comunicación quedaba establecida gracias a la habilidad y seguridad conque la operadora colocaba la clavija en el número

solicitado. Con rápidez y sin titubeos, colocaba sus; “contactos, atendiendo al llamamiento, uno bajo el foquillo que se enciende y otro en el múltiple”, sin tratar de encontrar la celdilla que se necesitaba para comunicar a los suscriptores.

Para mantener el control sobre las operadoras, las Directoras tenían también su mesa, con dos tableros, donde se encendían lámparas rojas y amarillas, éstas últimas indicaban que un suscriptor había pedido comunicación y las rojas que la comunicación había terminado. Debajo de cada una de éstas lámparas se colocaba el número de la operadora que tramitaba la llamada.

En la mesa de las Directoras había también un audífono, por el cual se escuchaba la conversación de la operadora con el suscriptor, con la intención de saber sí la operadora; “platica más de lo debido con el suscriptor o con el novio”, o simplemente escuchar las conversaciones entre los suscriptores.

La Ericsson proporcionaba el equipo necesario para que la operadora ejecutara con eficiencia su trabajo; “una silla con respaldo de fierro”; para escuchar la solicitud del suscriptor, “un aparato que oprime la cabeza y que son los audífonos” y para poder hablar con el abonado, un aparato; “colgado al cuello en forma de embudo que llega hasta la boca”. La silla estaba colocada con la distancia suficiente para que la operadora pudiera mover los brazos para colocar las clavijas (cordones, jack’s) entre; “tantos y tantos agujeros, sin dejar de mirar ese abrir y cerrar de rojas pupilas, ese cabrileo sangriento de luces que se encienden y se apagan”.7

La jornada de trabajo que duraba ocho horas, provocaba entre las

operadoras: “un decaimiento mental” debido a la tensión, provocada por los “timbrazos” de los aparatos, el manejo de cifras y el incesante “bailoteo” de las luces. Al cabo de algún tiempo sobrevenía la primera enfermedad; una afección renal, provocada por la constante postura y los repetidos movimientos de los brazos. A muchas operadoras se les llegaban a reventar los oídos; “antes de encallecerse”. La contínua opresión de la “diadema” que usaban sobre la cabeza y que sostenía los audífonos, les provocaba la caída del cabello, por lo que al poco tiempo; “se convierten en calvas”.

“Lo primero que experimenta una de esas pobres mujeres -decia el reportero de El Demócrata- es un decaimiento mental, de tal naturaleza, que a los ocho días de encontrarse frente a los aparatos, ya no tiene más vida que esa danza infernal de cifras o ese bailoteo de luces”.8

Otros problemas a los que tenían que hacer frente las telefonistas eran, que cuando algúna clavija se rompía por el constante uso, le era cobrada a la operadora, además del constante acoso de que eran objeto por parte de los empleados varones. Las operadoras acusaban a los telefonistas de haber sido educados en la escuela del piropo; “Tiene usted unos ojos que destortolan”; “¡Vaya figurita!”; “Esta usted para comersela”; “Deme el primer beso”; “¡Que hermosa pantorrilla!”; “¡Que Monada!”, sin excluir a; “los manos largas, sinvergüenzas”, todo esto con el beneplacito de la superiora que; “siempre esta dormida”.9

Asimismo, si una operadora se embarazaba, corría el riesgo de ser despedida, por lo que tenía mucho cuidado en ocultarlo, situación

que hacía más díficil a la telefonista contraer matrimonio.

A pesar de las pésimas condiciones en que laboraban las operadoras de la Ericsson, el trabajo que realizaban dentro de la empresa era considerado por la gerencia como muy válioso, pues en el caso de despedir a una “señorita operadora”, era tanto como “tirar talegas de dinero a la calle, porque una telefonista no se hace sola, hay que enseñarla en un largo aprendizaje, durante el cúal, no solo la Compañía le abona un salario, sino que inmoviliza para enseñarla, a una telefonista experta. De manera que cada telefonista representa para la empresa un capital invertido, que se pierde cuando ella se separa de la Compañía”.

Para disminuir la tensión provocada por la intensidad del trabajo, la Ericsson concedía cada mes a sus trabajadoras un día de paseo, pero tal día se les descontaba de su sueldo, a pesar de que la ley establecia la jornada de 8 horas y el descanso dominical obligatorio. A esta arbitrariedad se sumaban otras, ya que no se les pagaban los accidentes de trabajo y cuando se enfermaban, no se les pagaban los tres primeros días de incapacidad, porque en opinión del Gerente Sr. Erick Ostlund, estaba bien el dar uno o dos días de sueldo a los obreros cuando se enfermaban; “¡pero a las señoritas…No!, esto es imposible porque abusarán”. Además, de que según el empresario, era una práctica común en Estados Unidos y Europa, principalmente en las negociaciones que ocupaban mucho personal fémenino, que no se pagaran los primeros tres días de enfermedad.

Porque en opinión de la gerencia de la Ericsson; “Para la mujer de su casa, no hay placer mayor que el de quedarse, atendiendo sus flores, entregada a los cuidados de su menaje, de su hogar, en una palabra. Y cuando se trata de señoritas que tienen obligaciones que cumplir en el exterior, es inevitable que aprovechen la menor alteración de su organismo y, en el organismo de la mujer son muy frecuentes una simple jaqueca, un sencillo escalofrio, una leve destemplanza para quedarse en casa, retenidas por el encanto de ver sus cosas”.

Además, -decía el gerente de la Ericsson- ya había tenido conflictos por esta causa, “pues señoritas a quienes por un simple dolor de cabeza, no iban a trabajar”, exigían el pago de su salario, aparte de trastornar el servicio. Razones por las cuales, la Ericsson no estaba dispuesta a fomentar el ausentismo entre las “señoritas operadoras”.

Estas condiciones obligaron a las operadoras a rebelarse en contra de la opresión de los empresarios suecos, declarándose en huelga el 6 de mayo de 1921, exigíendo de la Ericsson, el pago de la atención médica durante todos los días que durara la enfermedad, entre otras demandas.

A pesar de la intransigencia mostrada por la Ericsson y gracias a la amplia solidaridad otorgada por los obreros del Distrito Federal, después de 10 días de huelga, las telefonistas acordaron con la empresa que; “No se pagaría el primer día de ausencia por enfermedad no profesional, pero los siguientes catorce días, el trabajador enfermo recibiría su salario integro, los siguientes quince días se les pagaría medio sueldo, y en ningún caso, pagaría un día más de los 30 estipulados”.10

Respecto a sus salarios, éstos no habían cambiado desde 1915, además de que éstos eran pagados con vales, por lo que para 1921, la operadora recién ingresada y por espacio de seis meses, recibía 15 centavos por hora trabajada, que equivalía a 36 pesos

al mes; hasta que cumplia un año se le aumentaban 5 centavos, es decir, el sueldo que recibía era de 20 centavos, que equivalían a 48 pesos al mes; al año seis meses la hora se le pagaba a 25 centavos y, al cumplir los dos años recibía 90 pesos al mes, llegaba por fín a la meta, pero para lograrlo; “Tiene que trabajar tanto, no distraerse, no pláticar con nadie y siempre pendiente de su aparato, de día y de noche”. Además de tener que soportar los insultos, las groserías, las blasfemias y las picardías de los usuarios y del Ingeniero en Jefe Helge Rost que trataba de ;”imbéciles para arriba” a las operadoras, pues consideraba que era el ; “correcto modo de tratarlas”.

Los turnos eran de ocho horas, pero repartidos de la siguiente manera: cuatro horas en la mañana y cinco horas en la tarde o viceversa, con diez minutos de descanso en cada uno de estos turnos. Además, en la “velada” se les permitía dormir tres horas, relevándose las trece operadoras asignadas en este turno.

Entre turno y turno, las operadoras de la Ericsson podían “disfrutar” de un descanso, para lo cual la empresa había acondicionado en el mismo edificio donde se encontraban los conmutadores, de una sala de descanso, que consistía de una mesa y varias sillas de madera, además de un piano, que podía ser utilizado por las operadoras.

La díficil situación que padecían las operadoras de la Ericsson, hizo que durante la inauguración de la Central Tacubaya en febrero de 1925, se solicitara “benevolencia para las señoritas telefonistas”.

En efecto, a petición del Sr. Camilo González, Director de Telegráfos, el Lic. Querido Moheno señaló que; “Cuando la Ericsson vino a nuestro país, el teléfono era un aparato raro, un elemento de lujo, que para nada servía en la práctica, [tocando] a esa empresa el honor de haber instalado el primer servicio eficiente de comunicaciones telefónicas que hizo cambiar la idea que se tenía del teléfono”, jugando un importante papel en este proceso “las señoritas telefonistas”, quienes con su trabajo y dedicación, colaboraban en el progreso de la Ericsson.

“Con ellas sucede lo que con los soldados -decía el Lic. Moheno-, para los generales son todos los elogios, en cambio se olvida de esos indispensables colaboradores y de esas grandes hazañas. Yo sugiero que la Ericsson ponga un anuncio en lugar preferente de su nuevo directorio, diciendo más o menos lo siguiente; No se impaciente si la señorita telefonista sufre un error en el número que le pide, o no lo comunica rápidamente, sea benévolo con ellas, y si su impaciencia es mucha, visite la Central y después de observar su trabajo, recapacite si usted sería capaz de dar un servicio mejor que ellas”.

Así, mientras en la Ericsson se reconocía el esfuerzo de “las señoritas telefonistas”, en Veracruz era despedida la operadora Cristina Rither por el gerente de la Compañía Constructora de Teléfonos de Veracruz, José Sintzensttater por promover entre sus compañeras la solicitud de un aumento de 40% en sus salarios.

Para 1925, las condiciones de trabajo de las operadoras de la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana habían cambiado poco, pues desde 1913 los salarios habían aumentado solamente un peso, por lo cúal, el salario diario de una operadora en 1925 era de $2.10 pesos, lo que con aumentos periódicos de 10 y 15 centavos, en 1931 había llegado a $3.84 pesos.

La mitad del sueldo se pagaba en oro, lo que ya era una ganancia extra, la otra mitad se pagaba en plata; “pero en ese mundo femenino que predominaba entonces, surgió una compañera que figurando en el Comité Ejecutivo del Sindicato, aceptó el trueque del oro por un dos por ciento, obteniendo ella en lo personal,

una hermosa sombrilla de colores”.11

La disciplina continuaba siendo estrícta, una vez que se entraba en los edificios de la Compañía Telefónica a laborar, las operadoras no podían abandonarlos hasta concluir su jornada, ni aún en el tiempo destinado al descanso, que constaba de 30 minutos en cada turno.

A las operadoras se les otorgaban de una a dos horas a la semana ; “para bañarnos, proporcionandonos jabón, toallas y agua caliente”. Cada tercer día, las operadoras eran obsequiadas con un “lunch”, que generalmente se compraba en el “Colón”, y con el objeto de estrechar más las relaciones entre su personal, la Compañía Telefónica organizaba bailes, kermeses y tertulias en sus instalaciones.

En los edificios de la Telefónica, las ventanas estaban cerradas con llave y candado, los cristales estaban pintados de blanco para evitar que las operadoras “perdieran el tiempo” mirando hacia la calle, sin embargo, éstas se las ingeniaban raspando la pintura para “echar vidrio”, además de que estaba prohibido subir a la azotea, pero debido a la corta edad en que eran contratadas; “Muchas compañeras de ese entonces (…), estaban en la edad del jueguito y corriamos entre los corredores y cuando llovía y caía granizo haciamos remedos de guerra con ofensivas heladas”, cuidandose siempre de no ser vistas por las Directoras o las Vigilantes, pues de lo contrario el despido era seguro.

Cada edificio de la Compañía tenía “magníficos” comedores, pero solo un grupo reducido de operadoras hacia uso de ellos. Al finalizar el año, el Superintendente de Tráfico Sr: Burnel costeaba el árbol de navidad; “con sus respectivos regalos”.

Además, de que el 4 de julio, día de la independencia de Estados

Unidos, era festivo y por lo tanto de descanso.

Con la introducción de las modernas centrales telefónicas automáticas tipo ROTARY en 1928, setenta y cinco por ciento de las operadoras quedaron sin trabajo, dando paso al inevitable progreso. Consumado el radical cambio; “solo unas cuantas de aquélla centena de operadoras”, quedaron al servicio de la Compañía Telefónica, terminaba así la época del ensueño, cuando trabajadores masculinos fueron reclutados para; “atender la serie de cachivaches que sustituían las ausencias femeninas”.

El servicio de larga distancia quedó establecido hasta la Ciudad de Querétaro y para poder atenderlo, la Telefónica contrató a 13 operadoras con conocimientos del idioma inglés, oficialmente adoptado para las conferencias internacionales. El suscriptor que utilizaba éste servicio; “hablaba a discreción, quedando al criterio honrado de la operadora, decirle cuanto importaba (costaba) su conferencia”.12

Nuevas dificultades habrían de enfrentar las operadoras, pues con la automatización de las centrales telefónicas, únicamente el servicio que se proporcionaba a través de ellas, era el de larga distancia, que utilizaba más números para realizar la interconexión, por lo que al oir el número, las operadoras; “cruzan hasta los dedos de los pies”. Otro nuevo servicio proporcionado por la Telefónica fue el de información (03) y el de quejas (05), al que poco a poco se fueron integrando algúnas de las operadoras desplazadas.

Mientras tanto en la Ericsson, las operadoras decididas a mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, lograron arrancar a través de paros y huelgas entre 1927 y 1929 la firma de un contrato colectivo de trabajo, en donde quedaron plasmadas oficialmente

las condiciones que “mejoraban” su nivel de vida y de trabajo.

Los salarios quedaron establecidos de la siguiente manera:

Para las Centrales de Victoria, Tacubaya e Insurgentes;

Antigüedad Sueldo por hora.

Tres primeros meses $0.20

Después de 3 meses 0.25

6 meses 0.29

1 año 0.33

2 años 0.37

3 años 0.40

5 años en adelante 0.44 centavos

Para las centrales no contempladas en las arriba mencionadas: “meritorias” por 26 días, $45.00 pesos; operadoras por 26 días, $75.00 pesos.

Todo trabajador que tuviera veinticinco años o más de servicio y más de sesenta años de edad, tratándose del sexo masculino y cincuenta y cinco en el femenino, tendría derecho a ser jubilado, de acuerdo a la siguiente tabla:

25 años de servicio 25%

30 ” 35%

35 ” 45%

40 ” 55%

45 ” 65%

50 ” 70%

La pensión por jubilación sería calculada tomando como base el promedio de los sueldos de los últimos 10 años.

En la jornada nocturna, las operadoras desfrutarían de un descanso de 3 1/2 horas, estableciendose la jornada de 6 1/2 horas con pago de 8.

Las operadoras disfrutarían también de un descanso de 3 1/2 horas, tomándose por mitad.

El descanso lo tomarían en el local que la empresa acondicionaría para tal efecto, proporcionando ropa y cama para cada una de las operadoras, pues; “En ningún caso la empresa permitirá que dos operadoras o más, duerman en la misma cama”, y la ropa sería cambiada una vez por semana.

Durante la jornada de trabajo, las operadoras gozarían de dos descansos de 20 minutos cada uno, exceptuandose el domingo, pues por trabajarse solamente 7 horas corridas, el descanso sería de 30 minutos.

A partir de los tres meses anteriores al parto, las mujeres telefonistas no realizarían trabajos que exigieran esfuerzos físicos mayores. Con motivo del parto, dispondrían de un descanso de dos meses como máximo, distribuidos antes y después del parto, no debiendo ser el descanso menor a 30 días después del parto. La Ericsson se comprometió a pagar a la parturienta un mes de salario integro.

El periódo de lactancia, se estipuló en dos descansos extraordinarios al día, de 30 minutos cada uno y éstos se realizarían en lugares que reunieran las condiciones de higiene suficientes.

Quedó estipulado también, que la operadora atendería como máximo 200 aparatos, pero obligándose a proporcionar un trabajo eficiente. También, cuando las operadoras completaran su periódo de prueba, serían consideradas de planta.

La jornada de trabajo quedó clasificada en Diurna, de las 6 a las 18 horas; Nocturna, de las 10 a las 6 horas del día siguiente y, cuando la jornada alcanzara las horas laborables de la jornada Diurna y Nocturna, se consideraría como Mixta.

La jornada Diurna con duración de 8 horas, sería interrumpida 2 horas para que los trabajadores tomaran sus alimentos, y el tiempo extra se pagaría en 100% sobre los sueldos que percibieran los telefonistas.

Cada cuatro meses, los turnos serían boletinados, en un lugar visible y por espacio de 8 días, para que las operadGoras con anticipación se enteraran de los turnos vacantes. Las solicitudes para los turnos de velada serían recibidos por la Directora hasta con 7 días después de publicado el boletín, asignándose los turnos de acuerdo con la antigüedad de las solicitantes. Si no hubiese candidata para los turnos de velada, la empresa los asignaría, cubriéndolos con las de menor antigüedad.13

De esta manera, las telefonista de las dos empresas más importantes que explotaban el servicio telefónico en México, dejaban huella de su paso por el azaroso camino de las relaciones

obrero patronales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS:

1.- El Monitor Repúblicano, marzo 14 de 1878.

2.- De la Peña Cárdenas, Enrique.

“Historia del Teléfono en México”.

En: Voces de Teléfonos de México.

Año 25, núm. 297, sept. 1987.

3.- Ibid.

Núm. 298, octubre de 1987.

4.- El Demócrata, 8 de mayo de 1921.

5.- Ibid.

6.- Ibid.

7.- Ibid.

8.- Ibid.

9.- El Universal, 13 de octubre de 1920.

10.- García Méndez, José.

“Apuntes para la Historia del STRM.”

Restaurador 22 de Abril.

Organo Oficial del STRM.

Año III, febrero de 1979.

11.- López, Guillermo.

“Trayectoria Sindical”.

SINATEL,

Organo oficial del Sindicato Nacional de Telefonistas.

mayo 25 de 1945.

12.- Ibid.

13.- Contrato Colectivo de Trabajo celebrado entre la Empresa de

Teléfonos Ericsson, y el Sindicato de Obreros y Empleados de la misma Empresa.

México, octubre de 1929.